Si yo fuera Sabina, escribiría un post disfrazado de versos ingeniosos. En ese post ripioso ennumeraría un puñado de autores de los que me han ayudado a tejer mi propio tapiz de personajes, personajes que me han enseñado mucho o me han acompañado por las aventuras más insospechadas, con los que me he reído y he llorado, a los que he deseado parecerme y (shh, esto es un secreto) de los que incluso he llegado a enamorarme.
Aunque no soy Sabina, ni poeta, ni más que una advenediza rebozada de ciencias (pero con corazón de RAEliana) quiero dejar en este post un recuerdo y mi más sincero agradecimiento, a los que estuvieron, a los que están y a los que estarán y seguirán estando.
A J.R.R. Tolkien, por un camino extraordinario, por Gandalf, por Aragorn, por Légolas, por las horas de verano y siesta imaginando que el Peregrino Gris vendría a poner una marca de tiza en mi puerta.
A Enid Blyton, por las aventuras, los misterios, los veranos infinitos, las bicicletas, la cerveza de jengibre, las ruinas de castillos en islas propias, las chicas que parecen chicos, los primos responsables, las niñas pequeñas y audaces. Por Jorge, Dick, Julián, Anita y Tim, por las veces en que fuimos seis siendo cinco.
A Michael Ende, por el Banco del Tiempo, por el maestro Hora, por las tortugas con nombre de constelación que guían tus pasos, por el templo de las mil puertas, por la Emperatriz Infantil, por Fantasía, los ladrones de tiempo, los comerrocas, las historias interminables dentro de historias que se terminan. Los cuentos dentro de un cuento, las niñas de edad imprecisa y ojos negros que saben escuchar.
A F. Ibáñez, por los agentes más desastres de la TIA (Técnicos Investigación Aeroterráquea), por los disfraces de Mortadelo, las meteduras de pata, las persecuciones, el profesor Bacterio, el Súper y la Ofelia, por lo que me pude reír con sus aventuras disparatadas (una pechá).
A Roald Dahl, por las niñas mágicas incomprendidas por sus padres, por la adorable señorita Honey, por las temibles brujas que parecen señoras normales pero son calvas (motivo por el cual les pican las pelucas), con garras en vez de uñas (motivo por el cual siempre llevan guantes), sin dedos en los pies y con grandes aletas en la nariz y un olfato muy sensible (motivo por el cual ponen un gesto de desagrado cuando detectan el olor de un niño). Por el soplasueños, por los pepinásperos y por el país de los gingantes.
A Angela Sommer-Bodenburg, por hacerme volar con aquella capa raída que no se podía lavar, por los vampiros sin amigos que aparecen en el alfeizar de tu ventana, por Anna la desdentada, el único vampiro que se alimenta de leche (todavía), por la cripta y las andanzas nocturnas, escapando por los pelos de la sanguinaria tía Dorothy.
A Thea Beckman, por una cruzada en jeans, por un viaje en el tiempo, por un fallo técnico, por las diferencias culturales, por Rudolf, por Carolus, por María, por la precisa organización y la inquebrantable voluntad del ejército de niños.
A Agatha Christie, por los escenarios exóticos, por las elaboradas escenas del crimen, por la intriga, por los casos que no puedes dejar de leer hasta averiguar con Miss Marple o Poirot, quién es el asesino.
A Bram Stoker, por una historia conmovedora, por un amor que convierte a los hombres en monstruos, por un castillo en Transilvania y la Inglaterra victoriana, por el romanticismo, la sensualidad y el inquietante profesor Van Helsing.
A George Orwell, por una nota a escondidas en un pasillo del ministerio de la Verdad, por las telepantallas desde las que el Gran Hermano “TE ESTÁ VIGILANDO”, por la escalofriante Policía del Pensamiento, por un transgresor con memoria, por una habitación antigua de la que nunca desearía salir. Por Wiston, por Julia, por O’Brien.
A Uderzo y Goscinny, por unos romanos que están locos, esa única aldea de inquebrantables galos que aún no está ocupada, por la poción mágica, los jabalíes, el muérdago. Por un cielo que el menor día caerá sobre nuestras cabezas. Y por el pobre bardo Asuracenturix, marginado de la sociedad, que acaba siempre atado -lejos de su lira- mientras los demás dan cuenta del festín.
A Almudena Grandes, por escribir transmitiendo escalofríos por la espalda, por párrafos que se dejan leer una y otra vez paladeando el sabor de las palabras. Por Malena, por Lulú, por las historias de amor, por las vidas ajenas.
A Quino, el padre de Mafalda, por una mirada crítica y agridulce, por los niños que quieren cambiar el mundo, por las preguntas que inquietan a los adultos, por Miguelito, Susanita, Felipe, Manolito y la tortuga Burocracia.
A mi mamá, que no es escritora pero me invitó a leer muchos de mis libros preferidos y los disfrutó conmigo.
A mis lectores, a los que quiero muchísimo, desde el país de las mariposas existenciales.
Feliz día del libro.
Azena — 24-04-2006 11:15:36
elena — 24-04-2006 17:00:32
Myu — 24-04-2006 23:52:50
La Emperatriz Penca — 25-04-2006 00:27:06