Marta la aútomata despierta, apaga el despertador del movil y el de emergencia con un movimiento instintivo. Repasa mentalmente las razones para levantarse antes de abrir los ojos y las causas del cansancio físico acumulado.
"Venga, que es una clase muy interesante" "Sí, ya voy, es que no pueedo..." "Venga, te prometo una siesta". Ojo abierto, la voluntad se tambalea.
Se levanta arrastrando los pies, se desviste para evitar la tentación de volver a la cama y se pone la ropa de la silla, que a esas horas no está para pensar. Abre la ventana para que se ventile la habitación.
Aprovecha el minuto que tarda el microondas en calentar la leche para ir al baño. Comprueba que, si saliese en ese minuto de casa, tal vez podría llegar a tiempo. Se resigna. Cogé el café y lo lleva a la habitación y mientras hace repaso mental de las actividades previstas para el día mete las cosas en la mochila y aprovecha para quitar ropa y otros enseres del medio. Entre sorbos de café con leche hace la cama. Hoy se acuerda de tomar la pastilla.
El abrigo, el móvil, las llaves. Decide llevar la carpeta A3, así puede meter los planos originales y quizá le sea útil más tarde.
En el metro va envidiando a los viajeros que han tenido la suerte de entrar por donde dan periódico, a ella siempre se lo dan al salir. Como tiene que llevar tanto peso y carpetas o bolsas en la mano, ha desisitido de llevar el libro que está leyendo, del que ya casi ni se acuerda, pero le apetecería hacer un sudoku como el que está ignorando la señora de al lado. Es tarde y lo sabe, pero qué se remedia pensando en ello.
La clase de hoy es algo más complicada que la de el día anterior, lo que se agrava por el hecho de que llega media hora después, cuando ya se han dado todas las definiciones. La profesora, que habitualmente es muy buena, tiene un amago de crueldad y les manda poner nombre y apellido en una hoja en la que deben despejar una expresión que les ha dejado pendiente y resolver un problema sobre el peso específico de los terrenos. Marta la tardona se resigna a su suerte. Menos mal que es sólo para darles una lección y que se lo tomen en serio.
Marta la autómata aprovecha el descanso para hacer una gestión en secretaría. Cuando se acaba la clase aprovecha para hacer las enésimas fotocopias de planos de la semana. Mira el reloj. Ha quedado con su compañero de trabajo en Azca dentro de cinco minutos. Vuelve a acordarse del teletransporte. Y a llegar tarde.
Marta la autómata y compi dan vueltas por AZCA intentando aclararse a qué cota está cada rinconcejo. Comen por la zona, por enésima vez desde que establecieron allí su campamento base. Marta la autómata se queda con un encargo, anotar cuidadosamente todos los locales existentes alrededor y dentro de AZCA. A las seis horas de haber llegado, después de haber visto muchos callejones y pasadizos, un loco vestido de militar dando puñetazos a las paredes y una rata, el minucioso trabajo está hecho. Va a una tienda movistar, donde le ponen miles de condiciones para cambiar de tarifa y un yogurín argentino rubio asume que es menor de edad.
Va a otra parte de la ciudad a por un taladro. Le dan una fresa (y un taladro). Y a correos a certificar una inscripción para un concurso. Arrastra el taladro, la carpeta, los periódicos y la mochila al metro (la fresa no, porque se la había comido antes) y vuelve a casa, bastante satisfecha con lo que ha cundido el día. Aunque según las previsiones debería haber estado hecho el jueves.
A Marta la autómata la han invitado a tomar un café, pero ella ha dicho que no tenía tiempo. Ahora tiene que ponerse a trabajar y terminar un panel, por ese honor que le han hecho de seleccionarla para una exposición de trabajos. Y pensar en esa maqueta abstracta que se entrega el lunes.
Marta la autómata piensa que la vida es entretenida en la segunda semana de cuatrimestre y que si AZCA no se ha caido quiere decir que las murallas de Jericó eran de mucha peor calidad. ¿Quién necesita vida social y para qué?
elena — 18-02-2006 00:10:56
Baobab — 18-02-2006 02:15:19